Al regresar a casa, el tiburoncito no dejaba de pensar en lo que había visto. Decidió preguntarle a su mamá por qué existían seres tan diferentes. La mamá sospechó que había salido a la superficie y le preguntó:
—¿Acaso saliste a la superficie?
El tiburoncito respondió:
—No, mamá, solo era una pregunta.
Entonces su mamá le dijo:
—Nunca vuelvas a hacer ese tipo de preguntas y no salgas a la superficie, porque puede ser peligroso.